El dominio del blanco y negro
Hasta comienzos de la década de 1960 la fotografía considerada “seria” se expresaba casi en exclusiva en blanco y negro. Las galerías, los museos y los grandes referentes —de Cartier-Bresson a Robert Frank— veían en la escala de grises la única vía legítima hacia el arte. El color quedaba relegado a los álbumes familiares, a la publicidad y al reportaje comercial, una división que parecía inamovible.
La irrupción de una nueva sensibilidad
Mientras las instituciones se aferraban a esa frontera, en Estados Unidos empezaba a gestarse una cultura visual que crecía con el technicolor del cine, los anuncios de revista y los cómics dominicales. Quienes habían nacido con esa paleta vibrante comenzaron a reclamarla también para la fotografía. Entre los nombres que encarnan esa ruptura destaca Joel Meyerowitz, figura clave para entender cómo el color conquistó la calle y, después, los muros de los museos.
Primeros pasos en la calle
Meyerowitz dejó su puesto de director de arte tras presenciar a Robert Frank trabajando en un encargo comercial: aquella experiencia lo empujó a tomar una Leica de 35 mm y lanzarse a las aceras de Nueva York. Igual que su amigo Garry Winogrand, persiguió escenas fugaces, gestos inesperados y un ritmo frenético, todo ello todavía en blanco y negro, heredero directo de la tradición clásica.
La revelación cromática
Hacia 1965 probó un rollo en color y descubrió que las mismas escenas vibraban de un modo completamente distinto. La memoria, el sentimiento y la atmósfera, pensó, están íntimamente ligados al color; su ausencia puede secar la experiencia. En cuestión de pocos años abandonó el blanco y negro por completo y se convirtió en uno de los primeros defensores radicales del color como lenguaje artístico autónomo.
El salto al gran formato
A principios de los setenta cambió la ligereza de la Leica por la solemnidad de una Deardorff de 8×10 pulgadas. Perdió velocidad, pero ganó una nitidez espectacular y la posibilidad de trabajar con mayor reflexión. Ese cambio técnico coincidió con un registro más pausado de la luz y el espacio, rasgo que se convertiría en la firma estética de su obra madura.
Cape Light, la obra fundacional
En 1979 publicó Cape Light, un libro sobre los veranos en Cape Cod que transformó para siempre la percepción del color en la fotografía. Las escenas aparentemente sencillas —una casa al atardecer, la arena, el cielo— se cargan de una belleza quieta y, al mismo tiempo, de una intensidad emocional que rebasa la anécdota. Para muchos historiadores, ese volumen marca el momento en que el color deja de ser una curiosidad y pasa a ocupar un lugar central en la creación fotográfica contemporánea.
La zona cero y la memoria del desastre
Tras los atentados del 11-S, Meyerowitz fue el único fotógrafo con acceso continuo a la zona cero. Durante meses registró el proceso de desescombro y reconstrucción, creando un archivo visual de más de cinco mil imágenes que hoy custodia el Museo de la Ciudad de Nueva York. Sus fotografías convierten la devastación en un relato humano, donde la escala monumental del vacío dialoga con la dignidad de quienes trabajaban entre las ruinas.
Proyectos recientes y legado
En la última década se ha volcado en Documenting the City Landscape, un encargo del Ayuntamiento de Nueva York para retratar los espacios naturales de la metrópoli. A sus más de ochenta años continúa defendiendo la cámara de gran formato y la observación paciente como antídotos contra la prisa digital. Su influencia se percibe tanto en la aceptación institucional del color como en la libertad con que hoy se combinan formatos y soportes. Meyerowitz no solo cambió la paleta de la fotografía; enseñó a varias generaciones que mirar despacio puede revelar un mundo insospechado de matices.
